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EDITORIAL

Andrea Campbell debería ser la próxima alcaldesa de Boston

El apremio y empuje de Campbell, junto con su pensamiento matizado y planes detallados para hacer que la ciudad se vuelva más vibrante y equitativa, la distinguen en esta histórica contienda.

CHRISTIANA BOTIC FOR THE BOSTON Globe

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Andrea Campbell quería un cambio y lo quería de inmediato, así que en 2015, la abogada especializada en temas de educación, nacida en Roxbury, tomó el camino más difícil en la política de Boston: desafió, y luego derrotó fácilmente, a un arraigado político que por 32 años había ocupado el escaño en el concejo de la ciudad representando a Mattapan, uno de los barrios más necesitados de la ciudad.

Una impaciencia con el continuismo y unas ganas de enfrentar riesgos políticos para mejorar la vida de los bostonianos han sido características claves de la inspiradora carrera de Campbell. El año pasado, antes de que nadie supiera que el alcalde Marty Walsh dejaría su puesto, ella anunció que se enfrentaría a él, frustrada por la lentitud de los cambios en las escuelas públicas y en el departamento de policía bajo el mandato de Walsh.

En una reciente reunión con el consejo editorial del Globe, Campbell, de 39 años y madre de dos niños pequeños, describió el momento en que decidió lanzarse a lo que sería otra batalla difícil. Miró a sus hijos y se preguntó: “¿Vas a seguir manteniéndote al margen?”

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“Dije que ya estaba cansada de esperar”.

Así es Campbell: irradia un sentido de urgencia, un hambre palpable por enfrentar los desafíos más difíciles y políticamente tensos de Boston: sus escuelas desiguales y un sistema de aplicación de la ley que ha perdido la confianza de demasiados residentes. Este impulso, junto con su pensamiento matizado y planes detallados para hacer que la ciudad se vuelva más vibrante y equitativa, es lo que la distingue de sus oponentes en la elección para alcalde de este año y la razón por la que el consejo editorial del Globe respalda con entusiasmo su candidatura en las elecciones primarias del 14 de septiembre.

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El grupo de aspirantes a la alcaldía es impresionante e histórico. Algunos de los oponentes de Campbell, en particular la concejala general Michelle Wu y John Barros, jefe de desarrollo económico de Walsh, también tienen el potencial de ser excelentes alcaldes. Después del 14 de septiembre, los dos más votados pasarán a la elección final de noviembre. Independientemente de quién gane, se hará historia: Boston elegirá a un alcalde que se identifique como persona de color por primera vez en su historia.

Walsh, quien ahora es Secretario de Trabajo en el gobierno del presidente Biden, deja a su sucesor un legado ambiguo. En sus casi ocho años de mandato, aumentó la oferta de vivienda en la ciudad para ayudar a satisfacer las necesidades de la creciente población de la región. Como la propia Campbell se apresura a reconocer, la ciudad también resistió la pandemia de la COVID-19 mejor que muchas ciudades de tamaño comparable. Walsh además mantuvo a Boston en una situación financiera equilibrada e invitó al crecimiento económico. Todos ellos son logros reales y concretos que el próximo alcalde debería tratar de preservar y aprovechar.

Sin embargo, el historial de Walsh en materia de educación pública — el gasto que representa la mayor parte del presupuesto operativo municipal y posiblemente la obligación más importante que la ciudad tiene para con sus residentes — fue una profunda decepción. Walsh pasó de un superintendente a otro, privando al sistema de la estabilidad necesaria. Cuando el sistema escolar sí intentó implementar una reforma, como el retraso de la hora de entrada a clases en las escuelas secundarias, Walsh se retiró a la primera señal de oposición. Walsh mostró poco interés por las decisiones difíciles en materia de educación, como la consolidación de escuelas en un sistema con un enorme exceso de capacidad o la reducción del abultado presupuesto de transporte escolar. Según algunas medidas, las escuelas están peor ahora que cuando él asumió el cargo en 2014; una auditoría estatal encontró que la ciudad no tenía “una estrategia clara y coherente para apoyar a las escuelas de bajo rendimiento en todo el distrito”. A pesar de que el gasto por alumno está entre los más altos del estado, un tercio de los estudiantes de Boston asisten a escuelas que están clasificadas como las peores a nivel estatal.

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En cuanto a la policía, Walsh puso en marcha un programa de cámaras portátiles, con el impulso de funcionarios negros como Campbell, quien preside el comité de seguridad pública y justicia penal del concejo de la ciudad. Pero Walsh se abstuvo de llevar a cabo reformas más transformadoras, como la de eliminar el sistema de arbitraje disciplinario que ha dificultado el despido de agentes de policía abusivos. La cultura de impunidad es tan flagrante que el propio ex líder del sindicato de patrulleros de la policía era un oficial que el mismo departamento descubrió que había abusado sexualmente de un niño en la década de los 90.

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No es de extrañar que Campbell se impacientara. Así de impacientes estaban muchos bostonianos; y nosotros también.

Puede que las escuelas y la policía sean los dos servicios públicos más básicos que presta la ciudad; sin duda, están entre los más intrínsecos. Eso era cierto incluso antes de que la pandemia cerrara las aulas escolares y el asesinato de George Floyd en Minnesota centrara la atención nacional en la mala conducta policial; después de esos traumas, las prioridades de Campbell están claramente alineadas con las necesidades del momento.

Y es que este momento ha tardado mucho en llegar. Los alcaldes tienen que elegir sus batallas y es casi evidente en Boston que, a pesar de la importancia central de la educación y la seguridad pública, los políticos que quieren mantener su puesto evitan cambios drásticos en las escuelas o la policía. Kevin White se centró en el desarrollo del centro de la ciudad; Ray Flynn impulsó la mejora de la calidad de vida en los barrios; Tom Menino se centró en los servicios municipales básicos; Marty Walsh estaba en su elemento hablando sobre vivienda o el tratamiento de la adicción.

La visión de Campbell para las escuelas incluye implementar programas de tutoría y de verano para compensar el tiempo de aprendizaje perdido durante la pandemia; dar a los directores de escuela más poder sobre el plan de estudios, el presupuesto, y la contratación; reducir el gasto en transporte; y canalizar parte de los 400 millones de dólares que el distrito recibirá en fondos federales para la recuperación de la pandemia directamente a los padres en forma de “cuentas estudiantiles de aceleración” para pagar por servicios como asesoría y programas extraescolares. En lo que respecta a la policía, ella quiere frenar las horas extras, ampliar el programa de cámaras portátiles, transferir el uso de agentes de policía en proyectos de obra de construcción para vigilar y dirigir tráfico a la población civil, y cambiar el proceso de servicio civil, el cual puede servir de obstáculo para que la fuerza de policía sea más diversa racialmente.

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Hay una escuela de pensamiento deprimente que sostiene que las desigualdades educativas de la ciudad están tan enraizadas, y el poder de los sindicatos de seguridad pública es tan formidable, que el alcalde debe usar su tiempo en problemas más solubles. Ciertamente, la balanza está en contra del cambio y los sindicatos policiales y otros intereses especiales saben que pueden esperar pacientemente a que vaya y venga un alcalde, incluso al más reformista. Sin embargo, en su historia reciente, Boston nunca ha tenido un alcalde dispuesto a dedicar capital político a ninguno de esos dos ámbitos. Y es demasiado derrotista imaginar que Campbell no pudiera tener éxito. Su carrera como alguien que siguió un camino improbable desde la vivienda pública hasta graduarse de Boston Latin School y después de la Universidad de Princeton, para luego trabajar para la administración del gobernador Deval Patrick, sugiere que ella podría ser la alcaldesa que lo logre.

Como todos sus competidores, Campbell también ha esbozado una visión para otros retos y oportunidades a los que se enfrenta la ciudad. Ella hace un énfasis admirable en la contratación de líderes municipales con talento. La crisis de opioides se ha visto agravada por la pandemia; Campbell afirma que seleccionaría a un experto en salud pública para liderar la respuesta a la crisis y quiere descentralizar los servicios de adicción de su actual epicentro, el cruce de las avenidas “Mass. y Cass”. Para empezar a cerrar la enorme brecha racial de riqueza en la ciudad, Campbell quiere aumentar el apoyo a los programas para propietarios de viviendas. En cuanto al cambio climático, ella quiere electrificar la flota de vehículos de la ciudad, incluidos los autobuses escolares, y hacer que las operaciones de la ciudad alcancen neutralidad de carbono para 2035.

Si resulta elegida, ojalá que Campbell tome prestadas ideas de sus competidores, especialmente de Wu y Barros, ambos líderes reflexivos con un historial impresionante. En las escuelas, Wu ha propuesto crear un sistema de “navegadores” para ayudar a conectar a los niños y las familias con los servicios de la ciudad, lo cual sería especialmente útil para las familias de bajos ingresos e inmigrantes que se sienten intimidados por el reto de navegar la burocracia escolar. Barros, a quien este consejo editorial apoyó la última vez que se postuló como candidato a la alcaldía en 2013, quiere separar Madison Park, la escuela secundaria vocacional que sufre de bajo rendimiento crónico, del resto del distrito escolar y colocarla bajo una estructura de gobernanza independiente.

Las otras dos candidatas principales, la concejala general Annissa Essaibi George y Kim Janey, la concejala de Roxbury que ha sido alcaldesa interina desde la renuncia de Walsh, aportan años de experiencia y serían capaces de ejercer como alcaldesa. Essaibi George, una ex profesora, es especialmente convincente cuando habla de la necesidad de centrarse en la alfabetización en las escuelas y dejar de asignar a los niños negros y latinos a clases de educación especial. Janey, quien perdió a un familiar por una sobredosis de opioides, habla con convicción de la necesidad de ayudar a las personas que se congregan en Mass. y Cass a buscar tratamiento contra la adicción.

La candidatura de Janey, sin embargo, ha sido reservada y si llega a la ronda final tendrá que presentar una visión más amplia de cómo utilizaría un mandato de cuatro años de ser elegida. Essaibi George cuenta con el apoyo tácito de los sindicatos policiales, pero le molesta la sugerencia de que es la candidata del statu quo en la carrera; si llega a la final, Essaibi George tendrá que convencer a los votantes de por qué esa etiqueta es tan injusta como ella afirma.

No obstante, este respaldo del consejo editorial no tiene que ver fundamentalmente con los inconvenientes de ninguno de los otros candidatos, sino con la promesa y la posibilidad que representa Andrea Campbell.

En la campaña, Campbell habla a menudo de su hermano gemelo, Andre. Mientras que Campbell prosperó en las escuelas públicas de Boston, su gemelo no tuvo las mismas oportunidades educativas y se vio enredado en el sistema judicial antes de morir bajo custodia a los 29 años. Cuando habla de las desigualdades en las escuelas, de las iniquidades del sistema de justicia penal y de la precariedad de los sistemas que pueden enviar a un hermano a la Ivy League y a otro a una muerte prematura, Campbell lo hace con la autoridad de alguien que entiende por experiencia personal lo lejos que está esta ciudad de su potencial. Boston puede hacer mucho más para que sus residentes progresen; también puede ser una ciudad que atraiga y mantenga a personas con talento de diversos orígenes, decididas en hacerla aún mejor. La propia historia de Campbell demuestra lo que es posible.

Para los bostonianos que ya se cansaron de esperar que la ciudad alcance su potencial, Andrea Campbell es la alcaldesa adecuada para el momento.

Traducción de inglés a español por Day Translations, Inc., y Marcela García. Los editoriales representan el punto de vista del consejo editorial del Boston Globe. Sigue nuestra cuenta en Twitter: @GlobeOpinion.