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Mi Historia en Boston

Soy cantautora multilingüe. Por mucho que viaje, nunca me siento a gusto hasta que vuelvo a Boston.

Aquí es donde he creado mi propia identidad, una que incluye ser bostoniana, de Nueva Inglaterra y latina.

Alisa AmadorPhoto by Sasha Pedro/Illustration by Josue Evilla

My Boston History/Mi Historia en Boston:

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Como cantante y compositora, constantemente me piden que me ponga a mí misma y a mi arte en casillas bien definidas. Cuando me preguntan hoy en día, describo mi música como “Boston Boricua Chicana emotional crybaby funky jazzy folk”. Es un poco largo, lo sé, pero es mejor que omitir partes de mí misma para poder encajar el resto dentro de un único género.

Mis canciones, como yo, desafían las etiquetas. Están influenciadas por mi educación en el área de Boston como hija de músicos folclóricos latinos. El Boston que conozco es multilingüe; es un Boston de inmigrantes, como mis padres, y de nómadas. Todo esto se traslada a mi música.

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Este mes de mayo, recibí la noticia de que mi canción “Milonga accidental” había ganado el Tiny Desk Contest de la NPR, la primera canción en español que obtiene ese prestigioso galardón. Qué giro poético del destino que, después de cuatro participaciones anteriores en el concurso, y de considerar seriamente dejar mi carrera musical, esta canción fuera elegida. Trata sobre el anhelo de encajar en una etiqueta, fracasar una y otra vez, y finalmente abrazar tus contradicciones, celebrar lo que eres, y crear un hogar dentro de ti misma.

Es una lección que he aprendido de la ciudad de Boston y de su gente.

CUANDO ÉRAMOS JOVENES, mi hermano gemelo y yo pasábamos largas horas apretujados en la parte trasera de la camioneta, entre estuches de guitarra y percusión, o escondidos tras las cortinas de terciopelo de las salas de concierto que recorrimos por todo el país. Allá donde iban nuestros padres, Rosi y Brian Amador, y su banda, Sol y Canto, íbamos nosotros.

Se podría pensar que esto crearía una sensación de desarraigo, pero fue todo lo contrario. Cuanto más viajábamos, más conectados nos sentíamos a Boston. Esto puede deberse a que nuestras comunidades estaban llenas de inmigrantes, como mi madre y mi padre (de Puerto Rico y Nuevo México, respectivamente), y otros que acabaron en Boston por casualidad y circunstancias de la vida.

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Algunos de esos nómadas eran compañeros de banda de mis padres: Renato, el excéntrico percusionista de Panamá; Bernardo, el saxofonista argentino que podría haber hecho carrera de comediante; y Jorge, el bajista de Perú, de voz suave y talento épico. Vinieron buscando las escuelas de música: Berklee College of Music, New England Conservatory y Longy School of Music of Bard College, por nombrar algunas. Estos hombres supieron ser mis tíos chéveres, a veces mis molestos hermanos mayores. Ayudaron en mi crianza y me sumergieron en la lengua española y en la música del mundo hispanohablante.

Luego estaban mis compañeros de colegio, con familias de lugares como Colombia, Haití, Etiopía e Irlanda, así como de Medford y South Boston. Eran familias que acababan de llegar a los Estados Unidos, o que llevaban aquí varias generaciones, o incluso las que habían llegado a esta tierra en tiempos inmemoriales. Estando entre ellos, ¿quién creería que no estábamos bien donde debíamos estar?

En casa, mis padres aplicaban una estricta política de solo español, para inculcar una conexión con nuestra cultura latina y permitirnos comunicarnos con nuestros abuelos y la comunidad hispanohablante. En la parte trasera de la camioneta, aprendí los nombres de los instrumentos folclóricos latinos –como la quijada y el güiro– mucho antes de aprender cualquier palabrota en inglés, un importante ritual para muchos bostonianos, ¿no creen?

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Un día, cuando estaba en preescolar, mi madre olvidó poner un tenedor en mi lonchera. No conocía la palabra tenedor en inglés, así que corrí por el colegio buscando a mi hermano, para preguntarle si conocía esa palabra. Tenía 4 años y todo era nuevo y desconocido. Pero no hablar el mismo idioma que los demás no era tan difícil. Muchos de mis compañeros estaban en la misma situación.

Más tarde, cuando tenía 7 u 8 años, empecé a preguntarme si encajaba. Cuando íbamos a Puerto Rico, me llamaban “la americana”. Cuando visitábamos a la familia de mi padre en Nuevo México, era una chica de ciudad del noreste. Con el tiempo, cuando conocía gente nueva, a menudo me decían cosas como “no eres la típica bostoniana”, lo que a veces significaba “no encajas aquí”.

Sin embargo, siempre ha habido un lugar en el que no he sentido estas disputas. Siempre que estoy en el escenario, actuando, soy sólo yo. La música se convirtió en un refugio para mí ya a los 4 años, cuando cantaba los coros en el disco infantil de mis padres. Todavía lo siento hoy, como artista solista, cuando toco en casa o en clubes y anfiteatros. Esas etiquetas que definen quién se supone que soy –en las que no encajo– desaparecen.

La música solamente es buena, independientemente del género o del idioma. Te conmueve, te hace sentir menos sola, te hace sentir exactamente como eres. La industria musical está llena de límites, obstáculos y controles, pero la música en sí misma está libre de todo eso. Al igual que Boston, la música es un hogar para mí y mi familia.

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No siempre fue fácil crecer aquí. La cultura dominante de Nueva Inglaterra puede ser protectora y discretamente crítica. He perdido la cuenta de los amigos del colegio –desde la escuela primaria hasta la universidad– que de repente dejaron de ser mis amigos, sin decirme nunca por qué. Al mismo tiempo, soy consciente de mi propio privilegio, derivado, por ejemplo, de mi inglés sin acento y de mi apariencia de piel clara y de cisgénero.

Aun así, por mucho que viaje, nunca me siento a gusto hasta que vuelvo a Boston. Creo que es porque aquí es donde he creado mi propia identidad, una que incluye ser bostoniana, de Nueva Inglaterra y latina. Aquí es donde tengo mi grupo de amigos tiernos, amables, tontos y que no tratan de encajar en lo que alguien dice que deben ser. Tengo una familia y comunidad a través de la música, el arte y la escuela que afirman que hay espacio para mí en esta ciudad. Y a través de mi música, puedo contar mi historia.

Puedo cantar lo que soy, sin encajar en ninguna etiqueta.


Alisa Amador es una cantautora radicada en Cambridge y ganadora del Tiny Desk Contest de 2022 de NPR. Envíe sus comentarios a globe@magazine.com.

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