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    Ideas | Marcela García

    ‘Roma’ expone el secreto más siniestro de México

    La película de Alfonso Cuarón, “Roma”, nominada a 10 premios Oscar este domingo, ha incomodado a muchos en los Estados Unidos y también en México. Justo en estos tiempos cuando el presidente norteamericano tilda a los mexicanos de violadores y asesinos, y es capaz de destruir su propia democracia con tal de construir un muro para separar a la gente de calidad de esos bárbaros que invaden del sur, Cuarón cuestiona cada estereotipo mexicano. Me intriga el pensar que el director originalmente tuvo la idea de hacer este filme hace 10 años; el momento de su estreno no pudo haber sido más contundente.

    Sí, los mexicanos pueden ser doctores y editores de libros. Sí, pueden verse y actuar como norteamericanos, tener casas modernas y carros estadounidenses, hijos rubios y empleadas domésticas. Sí, hacen fiestas elegantes y tienen tórridos romances con sus colegas del trabajo. Nada de esto debe sorprender a cualquiera que haya visitado la ciudad de México, una vibrante urbe donde viven 9 millones de personas.

    Pero la película también ha incitado los impulsos más perversos dentro de mi país natal. Y la mayoría han sido ignorados o se les ha escapado a los medios norteamericanos.

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    La película se enfoca en Cleo, una joven empleada doméstica que vive con la familia de clase media con la que trabaja en la ciudad de México en 1970. Ella se encarga de los cuatro hijos de la pareja, cuidándolos y cocinando para ellos; la vemos desde el momento en que se despierta por la mañana hasta que se duerme — pasando casi cada instante atendiendo las necesidades de la familia que, como sus ancestros coloniales, navega una delgada línea divisoria entre una perturbadora intimidad o una tiranía consternante.

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    Para mi, como mexicana, la parte más incisiva cuando vi “Roma” fue una mala traducción de una frase específica en español en los subtítulos en inglés.

    En un raro día libre, Cleo recorre un trayecto de 23 kilómetros de distancia desde la Colonia Roma, un vecindario de clase media alta, a ciudad Nezahualcóyotl, en ese entonces un barrio recién creado sobre el lago Texcoco y ubicado en las afueras de la ciudad de México. Hoy día en Neza viven más de un millón de personas, la mayoría de clase trabajadora y de bajo ingreso. Cleo va ahí a confrontar al muchacho que la dejó embarazada seis meses antes y quien la abandonó. La expresión de Cleo es estoica, o más bien vacía, a lo que camina por el lodazal del barrio donde él vive, a través de calles de terracería, con perros callejeros que le ladran, niños sucios y mujeres batallando por retener su dignidad en medio de tanta pobreza.

    Ahí encuentra a un amigo de Fermín en calzoncillos y lo convence que la lleve al campo donde el papá de su bebé no nacido está entrenando para una revolución que nunca llegará. El amigo la deja y se va rápidamente. Cuando Cleo confronta a su ex novio, Fermín niega que el bebé sea suyo, la amenaza con pegarle y le advierte que no vuelva a buscarlo más.

    Se aleja de ella corriendo como si fuera la criatura más vil y le dice, “¡Pinche Gata!”

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    Esa frase me dolió. La traducción al inglés, “[insulto omitido] sirvienta”, no aclanza a comunicar el poder de la frase para los mexicanos. Gata no solo es una palabra peyorativa para insultar a las mujeres. Es una palabra con tinte racial usada por mexicanos de clase alta, siempre de herencia europea, para referirse a sus empleadas domésticas, casi siempre de origen indígena. Es un insulto misógino, clasista y racista. Sin embrgo, su uso ha sido tan normalizado que nadie se inmuta. Y ese es precisamente el problema.

    ***

    Los norteamericanos muchas veces ven a los mexicanos como una persona. Pero en realidad somos hijos de mil culturas y dialectos diferentes. (El gobierno oficialmente reconoce 68 idiomas indígenas). Aún así, para la clase mexicana privilegiada somos solo dos: aquellos cuyos antepasados vinieron de España — los conquistadores, la clase alta, la gente con educación, dinero, conexiones, negocios propios y trabajos; y aquellos cuyos antepasados han vivido en este suelo por milenios.

    Los dos grupos tienen un aspecto físico completamente diferente.

    Desde la cara de Cleo — redonda y con características faciales anchas — hasta su piel chocolate y su complexión baja y fornida, cualquier mexicano puede deducir que proviene de Oaxaca, un estado en el sureste mexicano donde viven más de un millón de indígenas (el número más alto de todos los estados). La diversidad étnica y lingüística de Oaxaca es compleja: hay muchos subgrupos indígenas pero todos descienden de los Mixtecas y los Zapotecas, cuyas raíces datan a la época prehispánica. Hoy, más de un tercio de la población del estado habla un dialecto indígena.

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    Muchos Oaxaqueños migran buscando oportunidades económicas fuera de la agricultura y muchas mujeres terminan como trabajadoras domésticas.

    ***

    Como tal, Cleo pertenece al último escalón en el penetrante sistema colonial de castas que continúa definiendo la cultura mexicana. Ella habla español pero su lengua natal es el Mixteco, un idioma que le está prohibido usar en frente de los niños que cuida. Cleo no puede aspirar a nada más que este trabajo.

    Al igual que Cleo, la actriz de 25 años que le dio vida en la pantalla grande, Yalitza Aparicio, es de Oaxaca. Aparicio no tenía experiencia como actriz cuando la seleccionaron para el papel. En ese entonces estaba estudiando para maestra de preescolar.

    Aparicio ha seducido a audiencias internacionales y críticos de cine con su entrañable interpretación como Cleo. Los editores de revistas estadounidenses la adoptaron, tal como la familia ficticia que le daba trabajo en la película; la vistieron con alta costura de Prada, Gucci y Louis Vuitton, y la pusieron en sus portadas. Y el domingo, esta aspirante a maestra quien nunca había actuado en su vida, puede que se lleve el Oscar a la Mejor Actriz — apenas la segunda mexicana, y la primera mujer indígena del continente americano, que ha sido nominada.

    Pero en su propio país, el cuento de hadas de Aparicio ha desatado una cantidad extraordinaria de racismo y clasismo mexicano.

    Hace algunos días, se reportó en los medios que un grupo de actrices mexicanas estaba planeando en secreto pedirle a la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas que Aparicio fuera excluida de las nominaciones al Ariel, el premio equivalente en México a los Oscar. ¿La razón? Aparicio no es actriz de profesión.

    Otra actriz mexicana de telenovelas, cuando le preguntaron que comentara sobre el éxito de Aparicio, le respondió a los reporteros con el dicho popular “la suerte de la fea...”.

    Yuri, una artista famosa en México, al tratar de felicitar a Aparicio quiso alabar su apariencia pero terminó implicando que la Oaxaqueña triunfó en Hollywood a pesar de no ser bonita y no tener cuerpazo. Una conductora de televisión dijo que Aparicio no se merecía el Oscar porque ella no actuó, sino que ella habla y se conduce como Cleo. Es decir, que no tuvo que poner esfuerzo en su interpretación.

    El último incidente en contra de Aparicio en México se desarrolló la semana pasada mientras viajaba a la selva Lacandona en Chiapas. Ahí fue donde empezó hace 25 años el movimiento Zapatista, el cual demandaba mejores derechos para los grupos indígenas Maya del área.

    El estado de Chiapas está ubicado al este de Oaxaca en la frontera con Guatemala, el país que se considera la cuna de la civilización Maya. En 1994, el año en que el Tratado de Libre Comercio entró en vigor, las comunidades Mayas que cultivaban maíz se vieron amenazadas pensando que la llegada del libre comercio iba a acabar con su sustento. Portando pasamontañas y pañuelos rojos, un ejército de Zapatistas armados, liderados por el famoso Subcomandante Marcos, lanzó una rebelión que duró por varios años.

    Como parte de los acuerdos firmados con el gobierno mexicano, se les dió a los grupos indígenas mejores derechos de propiedad y más representación política y autonomía. Como resultado, se crearon más de 30 nuevos municipios, incluyendo a donde yo estaba viajando.

    Es un lugar remoto. Mi conductor, un mestizo de Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, me advirtió que iba a perder la señal de mi celular a lo que nos acercaramos a la selva. Mientras chequeaba Twitter, me encontré un video que se estaba haciendo viral. Era de Sergio Goyri, un actor mexicano que, indignado, criticaba la nominación de Aparicio al Oscar. Cómo es posible, decía con repugnancia, que una “pinche india” que solo dice “sí señora, no señora” fuera nominada al prestigioso premio.

    Ejemplos de estos arrebatos racistas abundan, pues el sistema de castas en México es omnipresente y no lo hemos enfrentado. A diferencia de los Estados Unidos, no existen tabús.

    Una de las tendencias más perversas es que la clase privilegiada — a veces llamados los mexicanos blancos, o “Whitexicans” — considera que es lo máximo usar personas indígenas como elementos decorativos. El verano pasado, una pareja se tomó una foto de boda junto a una mujer indígena que estaba sentada en la calle vendiendo artesanías mexicanas. Ni siquiera se le puede ver su cara. La foto inició un breve debate público sobre el racismo tan ignorado pero tan prevalente en México, y cómo la sociedad tipifica a los indígenas. Pero luego a todos se les olvidó.

    ***

    Yo nací y crecí en México. Antes de ser periodista, fui empleada doméstica. Cuando me mudé a Boston hace casi 20 años, trabajé como niñera viviendo con una familia adinerada en los suburbios.

    Esta experiencia se me vino inmediatamente a la mente cuando vi “Roma” en el cine por primera vez. Ver a Cleo cuidar e interactuar con Pepe, el más pequeño de los niños a su cargo, me recordó al nene que yo cuidaba como si fuera mío. La manera en que Cleo jugaba con él y lo abrazaba, esa era yo y mi niño. Me acordé con angustia del día que le tuve que decir adiós y sentí de nuevo el dolor de dejar a un niño tan pequeño. Me dicen que él lloraba por las noches en los días posteriores a mi partida, preguntándo por mi.

    Todavía me refiero a él como la primer persona en Boston que me robó el corazón.

    Después de ver “Roma”, se me vino a la mente otro difícil recuerdo. Como niñera mexicana en los Estados Unidos, muchos de los padres de otros niños solían preguntarme, “¿Cómo es que hablas tan bien el inglés?” como si fuera imposible que yo, una inmigrante nueva, pudiera ser educada. Todavía me molesta. Sus comentarios revelaban lo poco que sabían de mi país y qué tan difícil era para ellos imaginarse una realidad más allá de sus prejuicios.

    De manera similar, lo que hace a “Roma” tan inolvidable es que cuestiona muchas normas sociales al mismo tiempo.

    Como mujer indígena de Oaxaca, Aparicio no encaja en la idea que tiene el mexicano de la belleza. Ni tampoco califica como alguien que puede alcanzar la excelencia. Si gana el Oscar el domingo, será un hecho histórico.

    Pero en mi mente, ella ya ganó. Hay aproximadamente 2.4 millones de empleadas domésticas en México, la mayoría de las cuales no tiene contrato o beneficios laborales. En México, una trabajadora de casa como Cleo se queda con la familia para siempre. Su trabajo nunca acaba; es toda una vida dedicada al servicio de otros. Aparicio ha ayudado a elevar la conciencia aquí y en México sobre el trabajo invisible pero esencial del trabajo doméstico.

    En “Roma”, la familia para quien trabaja Cleo tiene un perro, el Borras, el cual es tristemente ignorado. Nunca nadie saca a pasear a Borras y está tan descuidado que su desesperación es palpable.

    El único lugar en donde Borras puede ir al baño es en la cochera de la casa. Cada vez que la tensión marital entre los jefes de Cleo se vuelve insoportable, ellos le ordenan a Cleo recoger y limpiar el excremento canino.

    Este es, de una manera muy sucinta, el rol que las personas morenas y negras han sido forzadas a representar.

    Fundamentalmente, Cleo — y por extensión Aparicio — es una mujer que no tiene derecho al poder. Ella es la mujer con quien se tiene sexo en un motel barato. Ella es la mujer que limpia las heces del perro en la casa. Es la mujer que se quedará callada cuando le gritas con frustración y enojo, y la mujer que reconfortará a tus hijos cuando no tienes la fuerza ni el ánimo de ayudarte a ti misma. Ella es nada, nadie; sin embargo, es esencial en la sociedad mexicana.

    Aún así, Aparicio le infunde a su personaje unas cualidades espirituales sobrenaturales, casi como Jesús. Ella aguanta una cantidad inimaginable de adversidad con una gracia sagrada. Cada momento que aparece en la pantalla, ella proyecta una dignidad y humanidad silenciosas mientras persevera en un mundo que se rehúsa a verla como un humano entero.

    Ese es el gran poder que tiene Aparicio. Y creo que eso es precisamente lo que causa la furia que enciende los corazones de la clase privilegiada en México.

    Marcela García escribe editoriales para el Globe. Su e-mail es marcela.garcia@globe.com y su cuenta en Twitter: @marcela_elisa.